Los veo alejarse y cierro la puerta tras ellos. Estoy acostumbrada al proceso y, sin embargo, algo dentro de mí se asombra porque puedo verme claramente, cargando mi mochila rusa, azul y tiesa, con un Pinocho pintado y correas que se encajaban en mis huesudos hombros por un caminito de adelfas hasta la escuelita. Mis libros iban forrados con las páginas más coloridas de la "Mujer Soviética" del mes, mis gomas eran especiales porque me las había traído mi papá de su oficina, los lápices de color iban alineaditos en su caja con letras chinas y la merienda era lo mejor que había en la casa, aunque no me gustara.
No se me ha ocurrido nunca comparar infancias, sería absurdo tomando en cuenta que se trata, más que de dos países, de dos universos distintos. Pero algo en común tienen: la rapidéz con que pasan. Dentro de unos años que me parecerán días los recordaré a ellos y a mí misma otra vez, cuando vea a mis nietos partir rumbo a la escuela.
El conteo regresivo, que no cree en Europa ni en la madre de los tomates.
ReplyDeleteMi maleta nuevecita azul y roja, las gomitas de olores, sacapuntas con formas de animalitos, colores, mis libretas y libros forraditas por mi papá, tan perfectos, como solo el sabía hacerlo. Por ahora, lo disfruto con mis sobrinos y los hijos de mis amigas. Antes que me de cuenta, lo haré con Amelia.
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