“But Paris was a very old city and we were young and nothing was simple there, not even poverty, nor sudden money, nor the moonlight, nor right and wrong nor the breathing of someone who lay beside you in the moonlight.”

E. Hemingway.
"París era una fiesta"


Thursday, 5 March 2020

Del mar perdiendo fe

Era viejo y pardo, y vestía una guayabera amarillenta y unos espejuelos oscuros como los que usaban los esbirros del batistato; el filo del pantalón estaba doble, como hecho por alguien que no sabe planchar. 

Caminaba despacio por el Paseo de la Marina, apoyando en una especie de cayado su peso de pájaro: los brazos parecían cabillas cubiertas de piel. Le hacía señales a cuanto vehículo pasaba por su lado, ya fuese un camión o un carro, y decía: "¡Hospital!" Luego, al verlos seguir de largo, murmuraba: "Está bien, chico, no me lleves..."

Lo recuerdo porque su resignación me quitó de golpe la paz del mar, y lloré de rabia y de pena negra. Cuando lo conté esa noche en casa mi mamá respondió: "Ay mija...", con un desaliento y una tristeza que aún hoy me corroen el corazón.

Pienso en él y en tantos otros viejos desamparados, ahora que escucho que se van a las manos en las colas de la farmacia; que lloran de hambre y soledades; que se caen al suelo de extenuación porque los dueños de autos, privados y estatales, veinte años después, siguen teniendo de plomo el corazón. 

Y ya sé que no es un tema tan importante como un acto de repudio de hace tres décadas, ni tan merecedor de indignaciones, pero yo es que soy de letras y vivo en Europa: no pueden esperar mucho más de mí.

Thursday, 13 February 2020

Invocación


Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo.

Huya yo del resabio,
del cinismo,
de la imparcialidad de hombros encogidos.

Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.
Engáñenme los cantos de sirenas,
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.

Que nunca se parezca mi epidermis
a la piel de un paquidermo inconmovible,
helado.

Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado.

Consérvense en mis labios las canciones,
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.

Por si vinieran tiempos de silencio.

Raquel Lanceros
Jerez de la frontera, 1973

Sunday, 29 December 2019

99 globos rojos

No hay nada como enfermarse para tomar conciencia de la edad mental que se tiene. Yo, por ejemplo, con mi pomada china, mis pastillas de alcanfor, mis tisanas de orégano y mi bolsa de agua caliente de goma con forma de pez, tengo 99 años, bien llevados.

Tuesday, 12 November 2019

Ya ves, yo sigo pensando en ti

En esta fotografía aparece mi abuelo, Lorenzo Gaudencio Vicente Anastacio de la Cruz Verdecia, poniendo la primera piedra para la restauración del parque Bertot, el segundo más importante del pueblo.

 Su mandato como alcalde ya había pasado pero ejercía como Presidente del Ayuntamiento y alcalde en funciones cuando el electo, Paquito Rosales, se ausentaba.

Durante muchos años, en el programa "Efemérides" mostraron esta fotografía, entre otras, para marcar el natalicio de Paquito Rosales; cada año nosotros, los que sabíamos, nos reuníamos frente al televisor para ver al abuelo. 

Y este ha sido el lagrimón del día, pero a gusto porque, en tiempos donde la gente está de paso, el abuelo se queda más. 

Wednesday, 16 October 2019

De lunas y huevos

Tengo la violeta genciana asociada a dos fenómenos de mi infancia: las canas de las señoras y Yurmiria. 

 A los nueve años Yurmiria era menudita y pálida y vivaracha; era la que más alto saltaba y la que más rápido corría, y tenía piojos. Otra vez, o quizás eran los mismos piojos arrastrados desde el primer grado, ¿cómo saberlo? Los piojos eran tan suyos como el hablar apelotonado y los pleitos por bolas con los varones.

Algo me dice que su mamá no le tenía el mismo cariño a los piojos, o quizás estaba harta de enfrentarlos con linimentos y jabones de hiel; el caso es que un día Yurmiria apareció en clase con la cabeza cubierta con un pañuelo de floripondios y se sentó muy seria, y no dijo una palabra durante mucho tiempo.

No le podíamos quitar la vista de encima, aquel misterio era más sabroso que un dildo en un convento; por fin, durante el recreo, uno de los varones se le acercó por detrás a toda carrera y se lo arrebató de la cabeza.

Allí estaba: el cráneo pelado al rape, rapado con saña, y debajo de la saña las escoriaciones curadas con violeta genciana. Un niño gritó: "¡Parece un guareao!", y ella se revolvió como una gata rabiosa y le fue encima; la maestra tuvo que quitárselo de las uñas. Luego la vi llorando, con su calva de luna, camino a la  "Dirección": una imagen salida de Auschwitz.

Desde entonces la llamaron "El guareao". Y yo me pregunté por qué durante muchos años, hasta que me enteré  de que mi bisabuela Fela le decía "La guareá" a la amante de mi bisabuelo, porque era pecosa, comparando sus pecas con los huevos del guareao, que tienen pintas.

Y yo nunca he visto un guareao, pero la violeta genciana me recuerda todo lo que no debe hacérsele a un niño. Ni a las nobles canas de las señoras.

Friday, 30 August 2019

Rock and roll nigger

Ayer leí algo curioso. En un artículo sobre Leonardo Padura alguien lo comparaba, salvando las distancias, con el Gabo: "Escritores que leen las mujeres que cuidan sus libros." Y tuve que sonreír.

Quienes me conocen saben que los libros son mi universo. Así, pues, tengo libros de todo tipo: algunos, como los de mi padre, están tras cristales, de tan sagrados. Otros, como los tomos del Sandman, en exhibición, de tan majestuosos.

Pero hay libros especiales para mí porque los compré en una epoca de mi vida en Cuba en la tenía que escoger entre merendar o comprarlos, y los escogí a ellos, invariablemente. Me los traje de esa otra vida, y cuando me los tropiezo en el librero es como si tropezara conmigo misma, demasiado flaca y demasiado soñadora, persiguiendo pequeñas librerías improvisadas en viejas casonas con olor a murciélagos.
En esa categoría entran mis libros del Gabo.

Están manchados de todo: de café, de vino, de lágrimas, de sangre menstrual. Los he remendado con cinta adhesiva de cualquier tipo; los he rescatado a última hora de aguaceros; los he reclamado con fiereza si alguien remoloneaba al devolvérmelos.

Pierniabiertos, con notas de amor al margen y orejas de gato, lo único más íntimo que ellos son las bragas viejitas en el fondo de la gaveta, las que son ricas para dormir.

Y sí, claro, lo he hecho también con otros, pero sobre todo con el Gabo porque, quizás de tanto leerlo, la voz me da apenas para decir "¿A ver?" en el teléfono, y pensar que se pueden ir al carajo los hombres que pretenden definir a una mujer que lee.

Wednesday, 7 August 2019

Crónicas del sur

Hay un señor muy gordo que insiste en bañarse en el mismo lugarcito. Él está en la playa y no me ve; en cambio yo lo observo desde la terraza, un par de metros más arriba. Así he podido ver que cada vez, al salir del mar, se baja el bañador y se sacude la arena de sus partes pudendas: una perinola de querubín que ni siquiera el calor del mediodía ensancha o alarga.

La primera vez he elevado los ojos al cielo: ¿por qué a mí, Dios de los pobres? Pero vamos por la cuarta, y he de contenerme porque después de quince días tengo la raza en la punta de la lengua, con toda probabilidad de escape: "¡Guárdese eso, que ahí no hay coló!"

Benalmádena, Agosto del corriente