Contaré del sol alto de las nueve en punto de la noche. De las lilas y las verjas y del Mojito improvisado, carísimo, malísimo, irresistible. Del lodo del Sandman, que me enerva. De la tipeja del pantalón hombruno que tiró la rosa a la basura con mohín de desprecio. Ah, las depresiones sáficas, tan demodé. De los conversadores pijos con sus mocasines, sus iPhones y sus camisetas rosa, y de las torturas que se me ocurrieron para ellos.
Contaré de la figura que salió saludando con una decadencia que no se aprende. De la negrura
lloviendo desde el pelo hasta los zapatos, poderoso King Ink. De la virilidad intacta de la voz, repercutiendo entre mis piernas. De las manos y los ojos alzados, esperando redenciones. Muebles disfrazados de
Ku Klux Klan y
una canción que bastará para salvarnos.
Y claro, contaré de mi garganta, tan pérfida, y de mi manera de
violarla. Moscú no cree en
lágrimas, ni yo en dolencias inoportunas. De la señora que, atónita, volvió a mi sus
inocentes ojos azules cuando
Stagger Lee se dispuso a sodomizar al pobre Billy. De mi sonrisa, que amenazaba
saltarle encima. Del hombre que bailaba a mi lado, con una borrachera tan
completa como su calvicie. De cómo no se le escapó ni un solo verso. Y de tu
mano roja, mi amor, buscando el lugar donde terminan mi espalda y mi pelo para descansar de los aplausos cuando la muchacha del sombrero rojo nos robó
la canción. Todavía crees en ángeles.
Contaré, al fin, con voz que ya no estará entrecortada por esta tos de perra agradecida, cómo era Él. Y yo. Nosotros. La cofradía de Nicolás de las Cavernas y Todos Los Santos de Éste Día.