En mitad de la pena negra yo encuentro consuelo en la voz de mi mamá, y en la idea de que, en pocas semanas, regresaré a este pequeño rincón de paraíso terrenal. El intercambio de contrainteligencia con mi hermana es vital también, a qué negarlo; somos Amelia y Abigail; Azelma y Èponine, pero sobre todo Brisela y Anastasia: mi papá solía entonar "ñaña ñañañá" por "canta el ruiseñor" cuando nos veía conspirando en el portal.
Hay oscuridad, sí, pero también hay grietas que filtran luz, como diría mi amado Leonard Cohen. A ellas me aperro.
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¡Habla, pueblo de Aura!