“But Paris was a very old city and we were young and nothing was simple there, not even poverty, nor sudden money, nor the moonlight, nor right and wrong nor the breathing of someone who lay beside you in the moonlight.”

E. Hemingway.
"París era una fiesta"


Monday, 11 April 2022

Ruedas

El negrito de la esquina, lo llaman.

Es un muchacho largo y flaco, con manos de mono y piernas cenicientas y unos ojos como de Aponte sobresaliendo en la cara. Definitivamente afeminado pero sin atisbo de delicadeza, sus gestos son los de su madre, la mujer más pendenciera y descosida de la cuadra, una negra que incluso la mamasanta teme, pues el veneno de su lengua no conoce el cerco de los dientes.

Se ha hecho de unos patines, este negrito; unos patines rusos, viejos de muchos años, oxidados y feos, que él se ata a los pies desnudos con varias vueltas de cordón. Sobre ellos anda como una exhalación, sacándole chispas a la maltratada calle y haciendo un ruido infernal. Los vecinos le tienen prohibido montarlos a la hora de la novela, regla que le molesta y que ignoraría con gusto si no fuera porque su madre es adicta a los amores de pantalla, y por una vez le ha dado la razón al vecindario.

El perro del negrito es un pequeño salchicha, color de caramelo. "¡Cacharro! ¡Cacharro!" grita su dueño varias veces al día mientras lo busca por el barrio con la cabuya de atarlo en la mano, y Cacharro se esconde y aguarda porque no pierde la esperanza que un milagro baje y alguien le regale al negrito unos patines nuevos -unos de esos que se ven en la televisión, con varias hileras de ruedas y soportes y correas; artefactos tan relucientes, tan modernos, tan enmarañados que no parecen para humanos- que lo hagan olvidarse de todo y más que nada de él.
Pero los milagros no abundan, los patines no llegan y el negrito sabe dónde buscar. Y encuentra, siempre encuentra.

 Entre la fetidez del cerdo tumbado en un rincón de la sala, bajo la techumbre semiderrumbada de la vieja farmacia que ha ocupado con su madre, acurrucado en el catre, el negrito duerme. Sueña con la niña rubia que viene de afuera, la única que le sonríe al pasar; en el sueño patinan juntos, y ella es su amiga. A los pies del catre, Cacharro sueña que es amigo del negrito.

Formas de regresar a casa

La voz de Billie Holiday.

Los zapatos cómodos, las bragas mínimas.

Hemingway, el vino tinto, los gatos mansos.

Un jabón que huele a tu papá.

Un balance.

Una buhardilla.

El olor de la bahía cuando entras a La Habana.

El trueno de las tres de la tarde.

Las risas de tus hermanos.

Las manos grandes.

Tu mamá, entre helechos, de mañana.

El viento. Los sauces. El viento en los sauces.

Hacer el amor hasta que duela.

Una camisa de flanela.

Las medias de lana cruda.

Los recuerdos buenos que otros tienen de ti.

Las cicatrices.

La lluvia.

Un hijo que ya no tiene fiebre.

El olor a lavanda en la almohada.

Una canción que te gusta, en la radio.

Las películas francesas.

Las berenjenas.

Mirarte al espejo y parecerte a la tía Teresa.

Tu ciudad, cuando cae la tarde.

El mar. El mar. El mar.



De cuentos y agujeros

Es el agujero lo que vemos, no la montaña sobre la isla de Torget. Esta peculiar formación, una de las atracciones turísticas más visitadas de Noruega tiene una saga. 

Al norte del reino vivió una vez un troll llamado Hestemannen, que fue a enamorarse de Lekamøya, la huldra más bella de cuantas hubo existido. Una noche, mientras Lekamøya se bañaba en las verdes aguas del lago Landego, Hestemannen se acercó sigilosamente, con intenciones de raptarla; la huldra, sin embargo, lo descubrió, y huyó despavorida. Hestemannen montó en su caballo y la persiguió, pues estaba decidido a hacerla suya.

Lekamøya se adentró más y más en e bosque, buscando el sur; cuando el día se acercaba había llegado a Brønnøysund. Hestemannen comprendió que no le daría alcance antes del amanecer y, ciego de ira, decidió que prefería matarla a perderla: tensó su arco, y le apuntó. El rey troll de Brønnøysund, que había estado mirando la cacería, quiso salvar a Lekamøya, y arrojó su sombrero entre ella y la flecha; el sombrero quedó atravesado y cayó a tierra, mientras salían los primeros rayos del sol. Ahí sigue, el gran monte agujereado, el testimonio de un historia de amores y maldades.


La última bruja

Hay, en la mitología popular noruega, una figura trágica y fascinante: Lisbeth Nypan, la última mujer condenada a morir en la hoguera bajo cargos de brujería.

Lisbeth era una mujer humilde en el pueblo de Kattem, y se preciaba de poseer dones para curar leyendo en la sal; utilizando entre otros oraciones y conjuros sacados del Libro de Cipriano, aliviaba dolores y enderezaba huesos, a cambio de un pequeño pago. 

Para leer en la sal, la curandera llenaba de sal un saquito, que pasaba por el cuerpo del enfermo; luego vertía la sal sobre un plato y seguía el trazo que hubiese formado mientras leía un conjuro, identificando así el mal. 

La Iglesia veía estas prácticas como algo común que en todo caso merecía una multa o una reprimenda; en cambio recurrir a un maleficio para dañar a una persona o animal, o arruinar una cosecha, era penado con la muerte. Y de esto precisamente se acusó a Lisbeth.

Su marido era un campesino pendenciero y borrachín, que no dudaba en recordarles a quienes se le enfrentaban con quién estaba casado; la amenaza de un maleficio era entonces suficiente para zanjar la disputa. Hasta el mal día en que, después de una discusión con Ole, un hombre del pueblo cayó gravemente enfermo; su familia acusó a Lisbeth de haber causado la enfermedad con sus hechizos, y la pareja fue apresada. 

Durante el juicio, Lisbeth admitió sus métodos pero negó que los utlizara alguna vez para otro fin que el de sanar. Negó también cualquier conspiración con el Diablo u otras potencias malignas, pues siempre había invocado el santo nombre de Jesús en sus oficios. Uno de sus conjuros fue presentado durante el juicio:

"Para (traer) la pureza
Jesús cabalgó sobre el páramo, se puso de pie, e hizo sanar la pierna, la marca (cruz) del Señor en carne, piel, huesos.
Desde entonces como antes. La Palabra de Dios. Amén".

Los magistrados, empero, reclamaban una confesión contrita; su ausencia fue tomada como prueba de culpabilidad. En el acta levantada contra la pareja consta que sus lazos con el Diablo eran tan estrechos, que les impedían confesar la verdad, incluso después de haber sido torturados.

La sentencia no dejó espacio para dudas: Lisbeth era una bruja, y debía arder en la hoguera. Ole, en calidad de cómplice de la hechicera, también fue condenado a muerte, aunque de manera menos cruel: su cabeza sería cortada por el sable de un verdugo.

Lisbeth fue ejecutada en el otoño de 1670. Fue entonces que, de ser una mujer corriente, pasó a ser una leyenda. Se cuenta que, de camino a la hoguera, sus ojos brillaban de odio de tal manera, que hubo que vendárselos; los testigos de la ejecución no tuvieron un segundo de paz por el resto de sus días, pues Lisbeth, en espíritu, se encargó de mortificarlos. Se le atribuyeron desgracias y plagas, y su nombre fue el terror de los niños durante muchos años. 

En tiempos modernos, Lisbeth ha sido considerada la última víctima de la violencia oscurantista del medioevo en el Reino, y su nombre ha sido dado a una calle en Kattem. Una hermosa escultura que la representa ha sido levantada en el lugar de su ejecución. 

Monday, 4 October 2021

"Espera"

Mi amor no está aquí 
No es con él con quien bailo.
Entre sus pasos bailo desnuda
Porque quiero tenerlo ahora, ahora, ahora
Felices y ardientes y avergonzados.

Mi amor no está aquí 
No es a él a quien beso.
¿Qué espera? ¿Qué piensa?
Mira, mis labios han oscurecido de deseo.

Mi amor viene y va.
Cualquier día hará volar en pedazos 
Mis puentes y mi sexo,
En la noche oscura como la negra muerte.
¿Pero cuándo? ¿Cuándo?

Inger Hagerup, 1945




Sunday, 9 May 2021

Cartas quemadas

Te he encontrado hoy.
Una chica extraña colgaba 
de tu brazo.
¿Las coleccionas aún? ¿Y dónde?

Claro que era joven
Y brillante y nueva
Con piernas de cervatillo y peinado recién hecho.

En pocas palabras, una de esas
con que adornas tus noches en el bar.

Y está bien que así sea, 
por los dioses.
Yo siempre el espíritu, tú la carne.

Pero sabes, iba a escribir otra cosa.
Algo sobre el corazón, 
porque me duele.

Allí ibas a descansar, 
de vez en cuando.
Un poco mío, y cercano y vivo.

Ahora ya no estás, y sigues 
escapándote de mis manos, 
cuando ya están vacías.

Debí detenerme, obligarte a mirarme 
Decirte "¡No me dejes!"

Hacer una escena, gritar
 desesperada.
Quizás habría ayudado, quizás no.

Pero amor, unas horas más, 
cuando 
es la eternidad lo que pretendo 

¿para qué? Mejor te vas en paz
y para siempre, y llévate a tu chica.

Y a mí que no me vengan 
con reproches
En el fondo siempre he amado las derrotas.

Inger Hagerup (1905- 1985) Poetisa y traductora noruega, considerada una de las mejores liricistas del pasado sigo.  "Cartas quemadas" pertenece al libro "La huída a América", publicado en 1941.


Sunday, 2 May 2021

Los gallos no saben cantar sobre la nieve


He despertado sobresaltada, y he pensado primero en los gatos, y luego en la urracas del pino, y más tarde en el perro del vecino, que adolece de los nervios, pero al final he reconocido su voz, afilada por la rabia, gritando cada vez más alto frases que comenzaban invariablemente con «yo».

La conozco bien. Sé que su feminismo acérrimo no conoce paliativos, y está tan convencida siempre de llevar razón que ni siquiera se plantea las esquinas del corazón. Que cita a la Plath y a la Atwood como si las conociera del barrio. Que va descalza en verano, y fuma cigarros de carretero.


 
Sé que no se echa a llorar como yo, después de cinco minutos de discusión, ni carga luego con las culpas propias y ajenas, como yo; que no se avergüenza como yo, hasta el hueso, de cualquier palabra dura que haya pronunciado aunque fuera necesario; que no hace actos de contrición, ni vuelve a amar, como yo.

Y aún así, mientras escucho la piqueta de su voz hacer astillas la calma húmeda de la madrugada de un jueves que aún huele a nieve, prefiero mi fragilidad; de un puño cerrado no comen los pájaros.

«No me grites, que no hay por eso más razón en lo que dices», cantaba alguien allá por los ochenta, en Cuba, en otra vida. Quiero creerlo.

Friday, 30 April 2021

Munch y las mujeres

El autor de "El grito", una de las obras plásticas más famosas de la historia del arte, hizo a lo largo de su vida decenas de retratos de mujeres que influenciaron su vida, tanto en el plano profesional como romántico.

Munch era un modernista convencido, algo que manifestaba a través de su arte pero también en su manera de ver el mundo. "Basta ya de pintar interiores, hombres que leen y mujeres que tejen. La pintura ha de estar llena de gente que vive y respira y ama y sufre", escribió. 

Así pues, todavía abatido por la muerte a causa de la tuberculosis de su madre unos años antes, pintó en 1886 "La niña enferma", representando a su hermana Sofía, que también moriría de este mal.

En cambio, en 1892 hizo un magnífico retrato de su hermana Inger, una muchacha bella e inteligente, rebosante de vida, con la cual el artista tuvo una relación especialmente estrecha.

En 1885, Munch conoce a quien sería su primer amor, Milly Thaulow. Aunque la relación terminó muy pronto y dejó a Munch marcado por la decepción, el artista no olvidó a quien luego sería la primer redactora sobre moda y cocina en Noruega. Su retrato se repite en "La danza de la vida", hecho en 1900.

Con el cambio de siglo comenzó Munch una relación tormentosa con una beldad llamada Matilde "Tullah" Larsen. En 1902, durante una cita en el atelier del artista en el pequeño pueblo de mar Åsgårdstrand, una pistola se disparó por accidente, hiriendo a Munch el dedo meñique de la mano izquierda. Ni Munch ni Tullah supieron ofrecer una explicación plausible para el hecho, y no quedó jamás claro quien había sido el culpable. Lo cierto es que Munch hubo de pintar con un dedo meñique mocho, desde entonces y para siempre. En 1905 pintó "Cabeza contra cabeza", que representa a Tullah y a él mismo.

"Las chicas sobre el puente" es una obra central en la carrera de Munch, que hizo doce versiones de la misma. La inspiración fueron las jóvenes de Åsgårdstrand, en sus paseos por el pueblo.

Algo recurrente en Munch son los primeros encuentros breves y espontáneos que conducen a una fascinación vitalicia, más o menos de ambas partes. Este es el caso de Ingse Vibe, una muchacha de dieciséis años que se detuvo un día frente a la verja de la casa del pintor, para conversar con él un rato. Serían amigos para toda la vida; Munch hizo varios retratos y dibujos de ella.

"El broche" es una litografía creada en 1903, que muestra a la violinista inglesa Eva Mudocci, la amante del artista que más influyó en su obra. La vemos retratada en la "Madonna", "El concierto de violín" y "Salomé". 
"La mujer de ojos milenarios", la llamó el pintor.

Una de las modelos favoritas de Munch fue Birgit Prestøe, quien aparece en obras tan esenciales como "Vampiro". Birgit fue luego conocida como la primer mujer del reino que aceptó dar una entrevista sobre su experiencia como modelo, en una época en que esto no era considerado una profesión decente.

Toda su vida, Edvard Munch sintió, al mismo tiempo, una atracción irresistible por las mujeres y un enorme temor a ser rechazado por ellas. Sostenía que el matrimonio y las ambiciones artísticas no iban de la mano, de manera que permaneció soltero hasta su muerte, en 1944, a los ochenta años.







Del hierro que canta

En Noruega el idioma se divide en dos grupos: noruego del Este y noruego del Oeste. Estos dos grupos, a su vez, se ramifican en decenas de dialectos, tan distintos entre sí, a veces, que comprenderse entre región y región es imposible. 

Noruega es un país largo y profundo de fiordos y montañas; la población no pasa de cinco millones, aún hoy, y en ciertos lugares la distancia entre vecinos puede ser de varios kilómetros. Así pues, antes de que existieran los automóviles o el teléfono, los dialectos cambiaban incluso de granja a granja.

Para los noruegos el dialecto es un asunto del corazón; se considera una traición, por ejemplo, cambiar el dialecto de una región del interior por uno más citadino. Que escritores y músicos compongan sus obras en su dialecto natal colabora con el concepto de preservación y orgullo. 

Entre estos últimos está Kaizers Orchestra, un grupo de rock alternativo fundado en Rogaland, una de las regiones más bellas del reino, con un dialecto rico y casi aristocrático heredado del bergense, que a su vez imita las erres arrastradas de París. 

Toneles de petróleo, un órgano de pedal, una lamparita de mesa y melodías que muerden son el sello de este grupo; su vocalista, Janove "El Chacal" Ottesen es considerado uno de los mejores liricistas escandinavos del siglo. Sus canciones son historias de mutilados, de sentenciados, de desahuciados de guerra que regresan a morir entre los brazos de una muchacha, pero también de partisanos alegres brindando con vodka y bailando polkas con la muerte. 

Las máscaras de gas cubriendo los rostros de los músicos, las patas de cabra y martillos con que golpean los toneles y sus canciones, violentas por momentos, por momentos nostálgicas y tiernas, cantadas en dialecto, han hecho de este grupo un mito con adoradores en todo el mundo: los fans en Japón corean canciones en rogalense, demostrando así una vez más que la música no es para entender, sino para sentir, porque el corazón, de la misma manera en que tiene más cuartos que una casa de putas, al decir del Gabo, también tiene lenguas, y sabe usarlas.







De mujeres y espíritus

La teogonía de una región es tan importante como su geografía a la hora de conocerla. Meter el dedo en la vieja tierra escandinava es sacarlo oscuro y húmedo de cosechas prometidas; hurgar en su mitologías es descubrir un mundo de espíritus, genios, elfos y enanos cuya influencia fue tan grande que aún hoy perdura. 

Los antiguos nórdicos creían que la tierra estaba habitada por gran número de seres cuya naturaleza superaba la humana. Incluso se llegó a creer que las almas de los vivos podían separarse de sus cuerpos y llevar una vida casi independiente. Esto difiere del concepto que tiene el cristianismo de estos dos elementos de la naturaleza humana, pues mientras para el cristiano el alma es completamente implacable e inmaterial, el segundo yo que los nórdicos creían que existía dentro de un hombre podía ejercer funciones corporales, hablar, moverse y adoptar incluso la forma de otro ser humano o animal. A este yo semimaterial le llamaron "fylgja", que significa "el que acompaña".

Aunque la fylgja pudiese vivir separada de un cuerpo, no por eso dejaba de compartir el destino de éste, de manera que cualquier daño infligido a una parte repercutía en la otra. Esta creencia subsistió durante mucho tiempo después del paganismo; en la era medieval se tuvo por cierto que las hechiceras no tenían que salir de sus casas para circular por el exterior, tomando la forma de un animal. Si alguien hería o mataba a la bestia, se encontraría al instante a la bruja, en su casa, muerta o herida.

Paulatinamente, los antiguos fueron considerando a la fylgja como una entidad independiente, como un demonio o genio, libre de toda vinculación con un ser humano determinado, hasta acabar por admitir que podía encarnar el alma de los antepasados o, incluso, de una religión. Fue representada como una mujer armada, una especie de diosa cabalgando por los aires. Consideradas al comienzo como espíritus protectores, las fylgjur, (plural de fylgja) por los tiempos en que el cristianismo fue introducido en la región, llegaron a ser temidas como demonios malignos. 

Cuéntase, en una saga referida a algunos de los jefes que convirtieron a los países escandinavos, que un hombre llamado Thidrandi, islandés de nacimiento, oyó, en una noche clara, que llamaban a la puerta de su casa. Aunque le advirtieron que no debía salir, tuvo la imprudencia de pasar el umbral, espada en mano, dispuesto a enfrentar al enemigo que esperaba encontrar fuera, pero lo que vio fueron nueve vestidas de negro, que venían por el Norte, montadas en caballos pardos y blandiendo refulgentes espadas. Al volverse, vio llegar por el Sur a otras nueve mujeres, vestidas de colores claros, que cabalgaban blancos corceles. Entonces se apresuró a entrar en su casa, pero fue en vano; las mujeres vestidas de negro lo alcanzaron con sus golpes y lo dejaron mortalmente herido. Al día siguiente lo encontraron, aún con vida, y antes de morir pudo contar lo ocurrido. 

Sus contemporáneos explicaron el suceso del siguiente modo: las mujeres eran fylgjur, esporitus protectores de la raza, pero las mujeres vestidas de negro permanecieron fieles al paganismo, mientras que las vestidas de colores claros se inclinaban ya hacia la fe cristiana. Antes de ceder paso a los extraños, las fylgjur paganas exigieron un último sacrificio, que resultó ser el desdichado Thidrandi. 

El paganismo persiste en los países escandinavos, a pesar de la agresividad del cristianismo, que obligó a los últimos vikingos a refugiarse en otras tierras, como es el caso de Islandia, cuya población está hoy compuesta mayoritariamente por paganos. El culto al fylgja es aún fundamental, y su naturaleza, humana o animal es revelada a través de un ritual mágico. Su protección es invocada a diario.