“But Paris was a very old city and we were young and nothing was simple there, not even poverty, nor sudden money, nor the moonlight, nor right and wrong nor the breathing of someone who lay beside you in the moonlight.”

E. Hemingway.
"París era una fiesta"


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Saturday, 28 March 2015

Estampas

 Son mis vecinos en Cuba.

 Él, judío de segunda generación y por tanto apodado El Moro, fue durante años el loco del barrio, siempre descalzo y a medio vestir, sentado a la entrada de una casa que en su momento fue suntuosa, y que ahora se le estaba comenzando a caer encima. Ella es una bandida: rapaz, fiestera, suelta de lengua y en su tiempo de bragueta.

 Por alguna razón terminaron juntos y ella, a fuerza de maña y trabajo, resucitó la casa y la ha dejado como estaba antes, pero además se le ocurrió la brillante idea de alquilar por horas tres de las cuatro habitaciones que tiene. O sea, ha puesto un burdel, pero sin putas fijas. El único trapiche que yo he visto funcionar efectivamente en mi vida, es ese: la molienda es imparable, por ahí nunca han pasado las horas negras del tiempo muerto.


Hay un viejito que pasa cada día muy temprano, con una caja de madera atada al portapaquetes de su bicicleta, llena de pan recién horneado para vender. Es muy simpático, extremadamente educado, siempre me echa la bendición, y me pregunta cómo dormí, y me cuenta qué número salió en la charada.  Una mañana, mientras me daba el vuelto, se quedó mirando para la ventana de la casa de Ellos que da a la calle, escuchando la música que se filtraba por entre las persianas -invariablemente Marc Anthony o Álvaro Torres, dependiendo del grado de romanticismo del guajiro de turno: sin esos dos no hay sandunga posible en los pueblos del interior cubanos- y me dijo bajito:

—Este reloj mío, se atrasa. Marca las siete y cuarto, pero debe ser mucho más tarde, porque yo no puedo creer que haya cristianos "en eso" tan temprano...
 Nunca se sabe, la gente está del caramba... le respondí yo, y me despedí de él, y fui a morirme de risa entre mis helechos. 


Monday, 22 December 2014

Blankets



Con un cocuyo en la mano
y un gran tabaco en la boca,
un indio desde una roca
contempla el cielo cubano.
La noche, el monte y el llano
con su negro manto viste,
del viento al ligero embiste
tiemblan del monte las brumas
y susurran las yagrumas
mientras él suspira triste.

Mi papá solía declamar esos versos de El Cucalambé. Recuerdo que no solía pasar de la segunda estrofa y es comprensible, porque es un poema largo y enrevesado como un instestino, pero tampoco importaba. Lo mejor de escuchárselo era que la mención de Hatuey soltaba a mi abuela en historias de mambises sobre la Luz de Yara, un resplandor verdoso que vaga por los campos de la región, saliendo al paso de los viajeros. 

Según ella, la luminiscencia no era, ni mucho menos, fosforecencia emanando de los huesos de los muchos animales enterrados en esos potreros durante cinco siglos, e incluso de los restos de los mambises muertos en combate, como afirmaba mi padre, pragmático y burlón, sino el alma en pena de Yara, la amante de Hatuey, que se abrazó a él justo antes de que la pira ardiera. De su cuerpo en llamas, contaba mi abuela, salió la luz verde, melancólica y persistente, que aún asusta a los pobres yarenses.  
Desde entonces, siempre que paso por Yara durante la noche espío el horizonte, con la esperanza de ver a la pobre india enamorada. 

No sé si alguna vez mi familia sabrá lo mucho que agradezco haber crecido escuchando leyendas como ésta. Sé que afuera es Navidad y yo estoy muy lejos, pero para cada amanecer helado tengo una historia que tejerle a mi manta, y cuando llega la noche ya no tengo frío.