Lo último que leí ayer antes de cerrar los ojos para no dormir fue la noticia de una pelea en una barriada de Oslo. Bates, sierras mecánicas y machetes habían sido utilizados por los implicados y la policía comentaba, entre resignada y ruborosa, que cada vez son más comunes las trifulcas de éste tipo en las comunidades inmigrantes.
Horas antes leía sobre una chica de diecisiete años que, mientras iba del gimnasio a su casa en el autobus, fue robada por una padilla de adolescentes somalíes que, no contentos con haberla despojado de su iPhone, la siguieron cuando bajó del vehículo, insultaron y golpearon varias veces.
En ningún momento hubo intervención alguna de parte de los expectadores; la chica estuvo a merced de sus atacantes hasta el momento en que pudo salir corriendo, llegar a su casa y contarle a su padre lo sucedido. Fue éste quien avisó a la policía, mientras iba en su carro a encontrarse con los muchachos, y advirtió a la autoridad que de no aparecer inmediatamente iba a correr la sangre, pues se había armado antes de salir.
Cada día aparecen notas como estas en los diarios. Cada día violaciones, robos, asesinatos, reyertas, vejaciones a mujeres y homosexuales. Y, cada día, la estadística en letras rojas: los inmigrantes de Europa del Este y África son los protagonistas sin discusión de los entuertos.
Yo no soy socióloga, politóloga o antropóloga. Soy una ciudadana más, otra que se pregunta hasta dónde dejaremos que se estire el concepto de tolerancia en éste país, y me encantaría que los corazones sangrantes siempre dispuestos a envolver el crimen en paños políticamente correctos y tibios, me respondieran.