En la televisión han puesto las imágenes, y el reino se escandaliza: un policía golpea con el puño al detenido que, esposado y sujeto por otros tres agentes, vocifera y se sacude como un poseso, intentando en vano liberarse. Luego, en la celda, el mismo policía pone la rodilla sobre la cabeza del hombre para inmovilizarlo, mientras los otros le sueltan las esposas. Uno de sus colegas se da cuenta y le regaña, le dice que se quite, pero el mal ya está hecho y las cámaras lo han registrado.
Dice un proverbio chino que no se usa buen hierro para hacer un clavo ni un buen hombre para hacer un soldado. Es algo que me repito porque va perfectamente con mi convicción de que todo policía es un hijo de puta. Con niveles de maldad más o menos altos, con la saña más o menos latente, con más o menos capacidad para refrenar sus instintos, pero un hijo de puta igual.
Por eso me caen bien los blitzers, que no se bañan y andan a la maroma por la vida y no saben quién carajo es Bakunin si les preguntas, pero que le parten para arriba a la monada con unas ganas que da gusto verlos, piedra limpia contra caballos y escudos.
No ganan jamás, claro, pero la victoria también es relativa.
